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El Mensaje de Salvación

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  1. Testimonio Personal: Como lo Hizo Jesús
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  2. La Necesidad de Arrepentimiento
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  3. La Oración del Pecador
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  4. Conversiones Verdaderas y Falsas
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  5. La Hipocresía
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  6. La Certeza del Juicio
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  7. El Día del Juicio
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  8. La Realidad del Infierno
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Lección 7, Step 2
En Progreso

Lección: El Día del Juicio

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“Denme cien predicadores que no le teman a nada sino al pecado y no deseen nada sino a Dios, y no me importa un comino si son clérigos o laicos, con sólo eso se sacudirán las puertas del infierno y se establecerá el reino de Dios en la tierra.” – John Wesley

Una vez un amigo me preguntó: “¿Qué es el Día del juicio?” Si los pecadores no están conscientes del día en que darán cuenta de sus vidas a Dios, no verán la necesidad de obedecer el mandamiento de Dios de arrepentirse: “[Dios] manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan: porque ha señalado un día en el que juzgará al mundo con justicia” (Hechos 17:30-31)

Imagina una ciudad del antiguo oeste en la cual no hay justicia. Sus ciudadanos son robados, violados y asesinados. Los del pueblo se reúnen y deciden traer un famoso Aguacil que tiene la reputación de traer justicia donde quiera que va. Todos los buenos ciudadanos estarían contentos de ver al culpable traído delante de la justicia.

Durante los años 90 en Estados Unidos, hubo 200.000 asesinatos. Increíblemente la mitad de los asesinatos quedó sin resolver. Esto significa que 100.000 asesinos nunca fueron llevados delante de la justicia. Entonces 100.000 personas fueron baleadas, apuñaladas, estranguladas, tiradas de edificios, flageladas hasta la muerte, etc. y no se castigó a nadie por esos crímenes. La humanidad puede ser incapaz de corregir tales actos de injusticia, pero no así Dios. Él se asegurará que cada asesino tenga su justa condena. En el Día del Juicio, los asesinos, violadores, ladrones, mentirosos, adúlteros, fornicarios, etc. finalmente serán llevados a juicio.

El Día del juicio es el clímax de las edades. Es el día que toda la creación espera ansiosamente, un evento por el cual toda la tierra gime. Lo ha hecho desde la sangre de Abel hasta la última injusticia de esta era. Dios ama la justicia – y Él la tendrá:

Alégrense los cielos, y gócese la tierra; brame el mar y su plenitud. Regocíjese el campo, y todo lo que en él está; entonces todos los árboles del bosque rebosarán de contento, delante de Jehová que vino; porque vino a juzgar la tierra. Juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad (Salmos 96:11-13).

No tengas miedo de que, por referirte al juicio, estás causando que los pecadores se atemoricen. Ellos han pecado contra Dios y su ira permanece sobre ellos. En efecto, la Biblia los llama “hijos de ira.” ¿No deberían ellos entonces temerle? Mira estas palabras de Isaac Watts:

Nunca supe de una persona, en el transcurso de todo mi ministerio, que admitió que sus primeras emociones religiosas fueran movidas al escuchar acerca de la bondad de Dios… ¿Qué rendiré al Señor, que ha sido tan bondadoso conmigo? Pero pienso que todos los que han venido a mi conocimiento han sido primeramente despertados a huir de la ira venidera encendida por la pasión del temor.

El Día del juicio es la razón por la cual los hombres son impelidos al arrepentimiento (Hechos 17:30-31). Si no predicamos que Dios juzgará al mundo en justicia, no nos debemos sorprender que hombres y mujeres sean pasivos acerca de responder al Salvador. Si les decimos que ellos sólo necesitan creer, entonces tampoco debemos sorprendernos cuando la iglesia se llena de falsos convertidos que creen pero que ni siquiera tienen suficiente temor a Dios para obedecer.

Por lo tanto, debemos recordar que no es suficiente predicar la Ley Moral. Esta debe ser predicada junto con el castigo futuro. Bien se ha dicho que la ley sin consecuencia no es sino un buen consejo. En vez de eso debemos predicar que el que quienes cometen adulterio, que mienten y roban, etc. serán castigados en el Día de la Ira. Es la predicación del castigo futuro que produce temor, y es a través del temor de Dios que los hombres se apartan del pecado (Proverbios 16:6). La Biblia nos dice que “la ley produce ira” (Romanos 4:15). Martín Lutero declaró “el efecto apropiado de la Ley es guiarnos fuera de nuestras tiendas y tabernáculos, esto, es decir, de la quietud y seguridad que hay en ellos y de confiar en nosotros mismos, y traernos delante de la presencia de Dios, para revelarnos su ira y plantarnos delante de nuestros pecados.”

Ningún hombre dejará sus pecados queridos a menos que haya una buena razón para hacerlo. El infierno es una buena razón. Sin embargo, es difícil para cualquier cristiano predicar el juicio y la realidad del infierno sin usar la ley. Imagina si la policía irrumpe en tu casa, te arresta y furiosamente dice: “¡Vas a estar preso por un largo tiempo!” Tal conducta te dejaría perplejo y furioso. Lo que ellos han hecho parece irrazonable.

Ahora, imagina que la ley irrumpe en tu casa y te dice específicamente lo que has hecho mal: “Hemos descubierto diez mil plantas de marihuana creciendo en el fondo de tu casa. Vas a estar preso por un largo tiempo.” Entonces entenderías el por qué estás en problemas. El conocimiento de la ley que has transgredido te prepara con aquel entendimiento. Hace que el juicio sea razonable.

La predicación del infierno de fuego sin el uso de la ley, para mostrarles a los pecadores por qué Dios está airado con ellos, seguramente los dejará desconcertados y enojados – porque ellos lo consideran un castigo irrazonable. Un pecador no puede concebir el pensamiento que Dios mande a alguien al infierno, mientras lo engañan a pensar que los estándares de justicia de Dios son iguales a los de él. R.C. Sproul correctamente dijo “probablemente no hay otro concepto teológico más repugnante para la América moderna que la idea de la ira divina.” Esto es porque América ha sido dejada en la oscuridad acerca de la naturaleza espiritual de la Ley de Dios, y por lo tanto no tiene entendimiento de la santidad absoluta e independiente de Dios.

Sin embargo, cuando usamos la Ley en forma legítima, ésta apela a la “razón” de los pecadores. Pablo razonó con Félix acerca de sus pecados y del juicio venidero, de tal manera que el gobernador “tembló” (Hechos 24:25). Él de repente entendió que era un pecador culpable a los ojos de un Dios santo y el infierno llegó a ser razonable. Sin duda, “la justicia” de la que habló Pablo era la justicia que es por la Ley, con el resultado de que el temor de Dios cayó sobre el corazón del oyente.

Por eso, nunca subestimes el poder de razonar con un pecador (usando la Ley) acerca de la realidad el infierno. Aprende cómo llevarlo a situaciones extremas que lo enfrenten con el dilema moral. Di, por ejemplo “imagina que alguien violó a tu madre o tu hermana, y luego la estranguló hasta matarla. ¿Piensas que Dios debe castigarlo?” Si la persona es razonable dirá “Sí, por supuesto, eso tiene sentido.” Entonces pregúntale: “¿Piensas que Él debería castigar a los ladrones?” Luego sigue con los mentirosos, etc. Dile que Dios es perfecto, Santo y Justo, y que Su “prisión” es un lugar llamado “infierno.”

Lleva siempre al pecador a sus pecados personales. Recuerda hablar a su conciencia “tú sabes lo que está bien y lo que está mal. Dios te dio una conciencia, etc…” Algunas personas creen en un infierno temporal (purgatorio), o en la “aniquilación” (o sea que el alma deja de existir después de la muerte). La Biblia, sin embargo, habla de un eterno castigo consciente. Si él piensa que esto es muy fuerte, dile que lo es. Si pensamos que el castigo eterno es horrendo, ¿qué le podemos hacer? ¿Sacudir nuestros puños contra Dios? Cuando tales pensamientos necios entren en nuestras mentes, debemos ir a los pies de la cruz y meditar en el gran amor que Dios tuvo por nosotros – que Él estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo. Entonces, debemos tornar el horror en preocupación, y rogarle al pecador que escape de la ira venidera.

Charles Spurgeon dijo,

“Dios ha señalado un día en el cual Él juzgará al mundo, y nosotros clamamos y suspiramos hasta que el reino de maldad termine, y dé descanso al oprimido. Hermanos, debemos predicar la venida de Cristo, y predicarla de una manera aún más fuerte que lo que hayamos hecho, porque este es el poder conductor del evangelio. Demasiados han escondido estas verdades, y lo que hacen es sacarle el hueso al esqueleto del evangelio. Su punta ha sido quebrada y su filo ha sido gastado. La doctrina del juicio venidero es el poder por el cual los hombres deben ser despertados. Hay otra vida; el Señor vendrá por segunda vez, el juicio llegará, la ira de Dios será revelada. Donde estas cosas no son predicadas, temo decirles que el evangelio no es predicado.

Es absolutamente necesario en la predicación del evangelio de Cristo que los hombres sean advertidos de lo que les sucederá si continúan en sus pecados. ¡Oh, oh señor cirujano, eres delicado con tu paciente como para decirle que está enfermo! Tú esperas que ellos se sanen sin que ellos se enteren. Tú los lisonjeas, ¿Y qué sucede? Se ríen de ti y bailan sobre sus propias tumbas. ¡Al final ellos mueren! Y tu delicadeza es crueldad; tus lisonjas son venenos; eres un asesino. ¿Dejaremos a los hombres en un paraíso de necios? ¿Los arrullaremos en un delicado sueño del cual se despertarán en el infierno? ¿Vamos a colaborar con su condenación con nuestros discursos melosos? En el nombre de Dios, ¿No lo haremos”

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